—Yo no elegí un apellido contra ti —dije—. Elegí una vida en la que nadie me empujara a una fuente para hacer reír a cuatrocientas personas. Las acciones eran mías antes de esa firma. Elena no murió. Esos son los hechos. La foto no los cambia. Dámela.
Detrás de mí, Sophie y Victoria entraron en el despacho. Mi hermana no lloraba. Mi madre de crianza tampoco. Las dos miraban la chimenea como se mira un animal que puede morder.
Graham acercó la esquina de la foto al encendedor. La llama subió, pequeña, naranja. El papel no llegó a tomar. Alexander no saltó sobre él. Dijo, con una calma que me sostuvo:
—Si lo suelta al fuego, salimos y llamamos desde la verja. El hotel ya confirmó que la caja se abrió con la combinación de la suite a su nombre. No necesita otro delito para que esta tarde termine mal. Necesita soltar ese papel.