Yo conocía esa casa como se conoce un sueño repetido. El jardín largo, la escalera donde se oían los adultos, el cuarto en el que me habían dicho que mi madre agonizó. Nunca agonizó allí. Se fue desde la verja. Volver me revolvió el estómago, y aun así asentí.
—Vamos —dije—. Si está, le pedimos la foto. No entramos a registrar cajones como ladrones. Llamamos a la puerta. Y si se niega, se queda la policía del pueblo con la historia de una caja de hotel vaciada, no con un incendio.
Alexander condujo. La tarde caía cuando la verja apareció entre los setos sin podar. La casa tenía las luces del despacho encendidas y la chimenea, sí, echando un hilo de humo demasiado blanco para ser solo leña vieja.
Graham abrió antes de que tocáramos. Tenía las mangas arremangadas y las manos limpias. En el escritorio, boca abajo, estaba la fotografía. A su lado, un encendedor. No había llama todavía. Nos había esperado, o el humo era de un papel menor que ya no importaba.