Alexander apretó la mandíbula. Yo le busqué la mano y él la dio.
—No tienes que demostrarnos el accidente —dije—. No estamos aquí para reconstruir un golpe. Estamos aquí porque la carta de Richard y tu nota dicen que las acciones eran mías, y porque yo pasé la vida creyendo que habías muerto.
Elena abrió la carpeta de tela. Dentro estaba el original del certificado, más gastado que la copia de Inés, y una partida de nacimiento donde el nombre de la madre era Elena Marín Hart.
—Esto no se lo di a nadie —dijo—. Lo cosí en el forro de un abrigo hasta que el abrigo se cayó a pedazos. Luego lo guardé aquí, porque en este hospital Graham no pregunta si no oye la palabra Hart. Una enfermera, la de gafas, sabe quién soy. El resto cree que soy una paciente sin visitas. Hace tres meses empeoré del pecho. No es una sentencia. Es una fatiga. Mandé la pulsera a Inés por si tú existías todavía fuera de aquella casa.