Elena miró hacia la puerta. Sophie se había quedado en el umbral, sin saber si entrar en una escena que no le pertenecía. Elena le hizo un gesto mínimo, de venida, no de permiso real. Sophie avanzó y se sentó en el borde del banco de enfrente, como una invitada.
—No te culpo por haber crecido en esa casa —le dijo Elena—. Ni a Victoria. Ella te tuvo en los brazos la noche que yo me fui de la verja. Vi el abrigo que no pude darte, Clara. Lo vi en las manos de otra mujer y entendí que, si forcejeaba, Graham cumpliría lo que había dicho.
Alexander se presentó en voz baja y se quedó de pie, para no ocupar el banco. Elena lo observó con atención de quien compara un rostro con el recuerdo de otro.
—Te pareces a Richard cuando callaba —dijo—. Tu padre fue el único socio que no quiso mi firma falsa. Le llevé la copia del certificado y le dije: la niña ya es dueña, no dejen que Graham lo reescriba. Él guardó la copia. A mí me dijo que me fuera a un lugar con testigos. No le hice caso. Volví al despacho de Graham el día de tu cumpleaños, Clara. Tú estabas en el jardín, con un pastel. Yo estaba arriba, viendo cómo él mojaba una pluma. La firma ya estaba hecha cuando entré. Se parecía a la tuya lo suficiente para engañar a un cajón, no a una madre. Grité. Él me enseñó una foto de Sophie dormida y me dijo que los escándalos se cobran en las hijas. Salí. Un mes después, un coche me cerró el paso en la carretera de la costa. No voy a contarles cómo se rompe un guardabarros. Voy a decirles el resultado: pasé semanas ingresada, lejos, bajo el apellido Marín, y cuando pude caminar entendí que acercarme a tu colegio era ponerle tu nombre en la boca de los hombres de tu padre.