—Salimos hoy —me dijo—. Si quieres.
Miré la pulsera de papel. Elena Marín. Un hospital junto al mar. Mi madre biológica había estado lo bastante cerca para enviar un pedazo de sí misma por correo, y lo bastante escondida para que yo pasara tres años creyendo que mi única madre era la que apartaba la vista.
Sophie se levantó y se puso el abrigo.
—Voy con ustedes —dijo—. Si papá llama a Nathan para que le diga el pueblo, prefiero estar dentro del coche y no en el teléfono de mi marido.
En la acera, el teléfono de Alexander vibró. Era un mensaje del archivo del comité: habían recibido las imágenes. Debajo, otro número desconocido había escrito una sola línea, dirigida a mí porque Alexander giró la pantalla.
«Pregunten por la paciente del jardín interior. No digan Hart en recepción».