—Tú me empujaste a la fuente —dije—. Delante de todos. Y ahora me pides que firme otra vez algo que no pienso leer a toda prisa.
Sophie levantó la cara. Tenía los ojos rojos y la voz clara.
—Yo me reí —dijo—. Me reí porque todos reían y porque te tengo miedo, papá. Vi tu mano en la espalda de Clara. No fue un resbalón. Si el abogado va a escribir algo, que escriba también eso. Y yo no voy a pedirle a mi hermana que renuncie a lo que esta nota dice que es suyo.
Nathan palideció de nuevo.
—Sophie, no sabes lo que estás haciendo.
—Sé lo que vi.
Graham se volvió hacia ella como si acabara de cambiar de hija.
—Tú te callas. Llevas un anillo desde anoche. Compórtate como una esposa, no como una cría.
—El anillo no me vuelve sorda —respondió Sophie.