—Estaba lo bastante viva para marcar un teléfono —respondió Inés—. Eso no es lo mismo que estar a salvo.
El camarero dejó el café. Nadie lo probó. Alexander fotografió la copia del certificado y la nota, despacio, delante de Inés, y le pidió permiso antes de cada disparo. Ella asintió.
—Mándenle esas imágenes a alguien que no sea de la casa Hart —dijo—. Richard desconfiaba de los cajones.
—Irán al archivo del comité independiente de Whitmore —respondió Alexander—. Clara no va a decidir la inversión. Ya lo dijo anoche. Pero un papel como este no puede vivir solo en una lata.
Fue entonces cuando la puerta del café se abrió con demasiada fuerza.
Graham entró primero. Detrás, Nathan, despeinado, y un hombre de traje gris con una carpeta de abogado. Mi padre recorrió el local con la vista hasta encontrarnos, y la sonrisa que puso fue la del salón de baile.