Inés Calderón ya estaba sentada. Era menuda, de pelo blanco recogido con una pinza, y tenía las dos manos sobre una caja de lata azul. Nos miró de arriba abajo antes de dejar que nos sentáramos.
—El documento —dijo.
Le mostré mi identificación. Leyó el nombre en voz baja, Clara Hart, y solo entonces empujó la caja hacia el centro de la mesa.
—Richard me la dio el último mes de su vida. Dentro había cosas de Elena y un sobre dirigido a la hija, si la hija preguntaba. Me dijo: «Graham va a decir que esto es un invento. Por eso no se lo des a Graham. Ni a un abogado pagado por Graham. Dáselo a ella, y que lo abra donde haya testigos». Ustedes tres sirven. El camarero también, si hace falta. Yo ya soy vieja para guardarle los secretos a un muerto.