Me senté por fin. El vestido gris se me pegaba todavía un poco húmedo en los hombros, donde el cabello había goteado. Pensé en la pluma de mi cumpleaños. En la frase de Graham: «Nada importante, firma aquí». Había creído que era un permiso para abrir una cuenta. Había sido mi nombre puesto al servicio de una deuda que no era mía.
—No voy a usar a Whitmore para aplastarlo —dije—. Eso ya lo prometí en el salón. Pero quiero saber dónde está Elena. Y quiero que esas acciones vuelvan a quien debían estar. Si un comité independiente y un juez tienen que mirar los papeles, que los miren. Yo no voy a esconderlos otra vez.
Victoria abrió el bolso por segunda vez aquella noche. Debajo del espejo había un papel doblado, amarillo en los bordes.
—No es una dirección de Elena. Es de una mujer que trabajó con Richard en aquellos años. Se llama Inés Calderón. Era su secretaria. Me llamó una vez, hace mucho, cuando yo todavía creía que tu madre había muerto. Dijo que tenía una caja que Elena le había dejado «por si la hija pregunta». Yo le colgué. Le tuve miedo a Graham. El número está aquí. No sé si sigue vivo.