Dejé el cuchillo sobre la mesa.
—A veces me dolía que otras personas me trataran como si fuera invisible.
—¿Y nunca quisiste dejarlo?
—Muchas veces. Pero cada vez que pensaba en rendirme, recordaba que tú necesitabas una oportunidad.
Elena me abrazó.
—Quiero que sepas algo. Nunca me avergoncé de ti.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Lo sé, hija.
—Cuando era pequeña, pensaba que eras la mujer más fuerte del mundo. Ahora que soy madre, estoy segura.
Nos quedamos abrazadas mientras Aurora jugaba cerca de nosotras.
Y comprendí que todo el sufrimiento había tenido un significado diferente al que imaginaba.
Durante años pensé que mi misión era darle a mi hija una vida mejor que la mía.
Pero Elena me había enseñado que la verdadera riqueza no consiste en escapar de nuestros orígenes.
Consiste en no permitir que nadie nos haga sentir inferiores por ellos.