No hubo reconciliación inmediata.
Solo una conversación que, quizá, algún día permitiría construir algo diferente.
Un año después, nuestra vida había cambiado por completo.
Elena continuaba su formación médica y su investigación, con apoyo para equilibrar sus responsabilidades académicas y familiares.
Aurora había superado muchas de las complicaciones relacionadas con su nacimiento prematuro.
Yo había dejado de trabajar jornadas dobles.
Mi hija insistió en que descansara más y aceptara un empleo administrativo de medio tiempo que una organización comunitaria me había ofrecido.
Pero lo que más me emocionaba no era el dinero ni la comodidad.
Era ver a Elena llegar a casa, dejar sus libros sobre la mesa y abrazar a Aurora con una sonrisa.
Una noche, mientras preparábamos la cena, mi hija me hizo una pregunta.
—Mamá, ¿alguna vez te avergonzaste de trabajar limpiando pisos?