No era cierto.
Nuestra casa era el lugar donde habíamos criado a nuestros hijos.
Jamás habíamos hablado de venderla.
Aquella misma tarde llamé a mi abogada.
Revisamos nuestras cuentas y documentos.
Descubrimos que Daniel había solicitado una línea de crédito utilizando información financiera de nuestro matrimonio, aunque todavía no había conseguido comprometer la propiedad sin mi autorización.
También había transferido importantes cantidades de nuestra cuenta conjunta para mantener el departamento de Vanessa.
Durante años me había dicho que estábamos ahorrando para la universidad de nuestros hijos.
Ahora comprendía por qué el dinero nunca parecía alcanzar.
Pero lo que más me sorprendió ocurrió una semana después.
Mi hija mayor, Emma, de diecisiete años, entró en mi habitación mientras yo revisaba documentos.
—Mamá, necesito hablar contigo.
Su expresión me preocupó.