Doña Elena comenzó a llorar.
—Eso mismo le dije yo.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Le dije que necesitaba hablar contigo. Que no podía cargar sola con sus preocupaciones.
Mi suegra se secó las lágrimas.
—Pero ella respondió que ya estabas haciendo demasiado.
Me senté lentamente.
Recordé aquellos meses.
Había trabajado horas extra.
Habíamos terminado de pagar el coche.
Preparábamos la habitación de las niñas.
Yo creía que todo estaba bien.
—¿Por qué no me dijo nada? —susurré.
Doña Elena me miró con tristeza.
—Porque tenía miedo de que dejaras de disfrutar el embarazo y comenzaras a vivir aterrorizado.
Señaló el sobre.
—Pero dejó esto para ti.
Lo tomé.
Mis manos temblaban.
Abrí cuidadosamente la solapa.
Dentro había varias hojas escritas a mano.
Y una fotografía.
Era Mariana.
Estaba sentada en nuestra cama, abrazando dos pequeños vestidos amarillos.