Finalmente comprendí que no necesitaba conservar su olor para conservar su amor.
Al día siguiente la lavé cuidadosamente.
No la tiré.
No la regalé.
La guardé limpia en una caja especial junto a sus fotografías, cartas y algunos recuerdos que algún día entregaría a nuestras hijas.
Y sentí que había dado un pequeño paso hacia adelante.
Un año después de la muerte de Mariana, doña Elena y yo llevamos a las gemelas al cementerio.
Era una mañana tranquila.
Había flores blancas alrededor de la lápida.
Colocamos un ramo de girasoles, sus favoritos.
Después senté a Lucía y Valentina sobre una manta frente a la tumba.
Ya podían mantenerse sentadas y balbuceaban sin parar.
Doña Elena sonrió.
—Mariana estaría fascinada con ellas.
Asentí.
—Sí.
Mi suegra se alejó unos pasos para darnos un momento.