Las acosté en sus cunas.
Después saqué la carta de Mariana.
La había guardado en un pequeño marco, junto a nuestra fotografía de boda.
Me senté entre las dos cunas.
Y comencé a hablarles.
—Niñas, quiero contarles algo sobre su mamá.
Lucía movió las manitas.
Valentina me miró con sus enormes ojos oscuros.
Sonreí.
—Su mamá era la mujer más divertida que conocí.
Me reí suavemente.
—Siempre se robaba las papas de mi plato y después decía que no tenía hambre.
Las niñas me observaron.
—Le gustaba cantar mientras cocinaba. Cantaba horrible, por cierto.
Me detuve.
Una lágrima rodó por mi mejilla.
—Pero yo habría dado cualquier cosa por escucharla cantar una vez más.
Respiré profundamente.
—Las quería muchísimo.
Miré a Lucía.
—A ti te llamó su luz.
Después miré a Valentina.