Y yo finalmente acepté buscar apoyo psicológico para aprender a vivir con el duelo y la culpa.
No fue sencillo.
Durante la primera sesión apenas pude hablar.
Pero la terapeuta me hizo una pregunta que me acompañó durante mucho tiempo.
—Daniel, ¿qué le dirías a un amigo que hubiera vivido exactamente lo mismo?
Respondí sin pensarlo.
—Que no fue su culpa.
Ella guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Y por qué no puedes decirte lo mismo?
No supe responder.
Durante semanas trabajamos en esa pregunta.
Aprendí que una tragedia no siempre tiene un culpable.
Que los médicos habían enfrentado una emergencia grave.
Que Mariana había expresado sus deseos.
Y que mi amor por ella no podía medirse por mi capacidad de impedir algo que estaba fuera de mi control.
También aprendí a pedir ayuda.
A comer cuando tenía hambre.
A descansar cuando las niñas dormían.