Lucía se había despertado.
Doña Elena se separó inmediatamente.
—¿Puedo cargarla?
Sonreí.
—Por supuesto.
La acompañé hasta la cuna.
Mi suegra levantó a Lucía con cuidado.
La niña abrió los ojos.
Y entonces ocurrió algo que nos dejó inmóviles.
Lucía sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Inocente.
Pero tan parecida a la de Mariana que sentí que el corazón se me detenía.
Doña Elena comenzó a llorar.
—Mi niña…
Acarició suavemente la mejilla de su nieta.
—Tienes la sonrisa de tu mamá.
En ese momento Valentina también despertó.
La levanté.
Y por primera vez desde que Mariana murió, las dos niñas estuvieron en brazos de personas que podían hablarles de su madre sin que el dolor nos obligara a guardar silencio.
Aquella tarde doña Elena se quedó a cenar.
Preparó sopa de fideo.
Me ayudó a bañar a las gemelas.