ELEGÍ SALVAR A NUESTRAS GEMELAS Y PERDÍ A MI ESPOSA EN EL PARTO. DURANTE TRES MESES CREÍ QUE MI SUEGRA ME ODIABA… HASTA QUE APARECIÓ EN MI PUERTA CON UNA CARTA Y ME DIJO: «HAY ALGO SOBRE MI HIJA QUE YA NO PUEDO OCULTARTE».

Lucía se había despertado.

Doña Elena se separó inmediatamente.

—¿Puedo cargarla?

Sonreí.

—Por supuesto.

La acompañé hasta la cuna.

Mi suegra levantó a Lucía con cuidado.

La niña abrió los ojos.

Y entonces ocurrió algo que nos dejó inmóviles.

Lucía sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Inocente.

Pero tan parecida a la de Mariana que sentí que el corazón se me detenía.

Doña Elena comenzó a llorar.

—Mi niña…

Acarició suavemente la mejilla de su nieta.

—Tienes la sonrisa de tu mamá.

En ese momento Valentina también despertó.

La levanté.

Y por primera vez desde que Mariana murió, las dos niñas estuvieron en brazos de personas que podían hablarles de su madre sin que el dolor nos obligara a guardar silencio.

Aquella tarde doña Elena se quedó a cenar.

Preparó sopa de fideo.

Me ayudó a bañar a las gemelas.

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