Su voz temblaba.
—Y de pronto recordé algo que me dijo durante el embarazo.
—¿Qué?
Doña Elena sonrió entre lágrimas.
—Me dijo: “Mamá, si algún día Daniel necesita ayuda, no esperes a que te la pida. Es demasiado terco”.
Solté una pequeña risa.
Era exactamente algo que Mariana habría dicho.
Mi suegra también sonrió.
—Así que aquí estoy.
Me tomó las manos.
—No puedo recuperar a mi hija.
—Lo sé.
—Pero todavía tengo dos nietas.
Asentí.
—Y tengo un yerno que también perdió al amor de su vida.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas otra vez.
Doña Elena me abrazó.
—Perdóname por haberte dejado solo.
La abracé con fuerza.
—Perdóneme usted por no haber sabido cómo acercarme.
Nos quedamos así durante varios minutos.
Hasta que escuchamos un pequeño llanto desde la habitación.