—Pero tú no eras culpable, Daniel.
Una lágrima rodó por mi mejilla.
—Yo acepté lo que ella pidió.
—Porque la escuchaste.
Negué con la cabeza.
—Pero tal vez…
Doña Elena me interrumpió.
—No.
Su voz fue firme.
—No voy a permitir que sigas castigándote por haber acompañado a mi hija en el momento más difícil de su vida.
Me cubrí el rostro.
Ella continuó.
—Me alejé porque cada vez que veía a las niñas recordaba que Mariana no estaba.
Su voz se quebró.
—Y me avergüenza admitirlo.
—No tiene que avergonzarse.
—Sí, Daniel. Porque mientras tú estabas criando a dos bebés recién nacidas, yo te dejé solo.
Negué con la cabeza.
—Usted estaba sufriendo.
—Y tú también.
Nos quedamos en silencio.
Después dijo:
—Hace dos semanas fui al cementerio.
La miré.
—Me senté frente a la tumba de Mariana y le conté que no había podido visitar a sus hijas.