Por mi hermana.
Por todos los que me repetían que debía seguir adelante.
Pero aquella tarde me derrumbé.
Doña Elena se sentó a mi lado.
Me abrazó.
Y lloramos juntos.
Después de un largo rato, le pregunté:
—¿Por qué no me entregó la carta antes?
Ella cerró los ojos.
—Porque no podía.
La miré.
—¿Por qué?
Su voz se quebró.
—Porque yo también estaba enojada con el mundo.
CAPÍTULO 4: LA CONFESIÓN DE MI SUEGRA
Doña Elena se limpió las lágrimas.
—Mariana era mi única hija, Daniel.
Asentí.
Lo sabía.
Su esposo había fallecido cuando Mariana tenía doce años.
Desde entonces habían sido inseparables.
—Cuando me llamaron del hospital —continuó—, pensé que había ocurrido algún error.
Su voz temblaba.
—Mi niña había salido de casa esa mañana. Me mandó una fotografía de su desayuno. Me dijo que estaba emocionada por conocer a las gemelas.