Pero mi padre todavía guardaba una última sorpresa.
Colocó una carpeta sobre mi cama.
—¿Qué es?
—La casa donde vivías con Víctor.
Lo miré confundida.
—Es de Raúl.
Mi padre negó lentamente.
—No.
Abrió la carpeta.
La propiedad había sido adquirida años atrás mediante una sociedad vinculada a mi padre. Raúl nunca había terminado de pagar la deuda correspondiente.
Gabriel podía haber reclamado aquella casa mucho antes.
No lo había hecho.
Hasta aquella mañana.
Tres semanas después, cuando salí del hospital, no regresé allí.
Solicité el divorcio.
Víctor intentó enviarme mensajes desde la cárcel provisional diciendo que estaba arrepentido, que había perdido el control, que su familia lo había provocado.
No respondí ninguno.
Nora quiso negociar entregando más grabaciones familiares.
Helena dijo que yo estaba destruyendo a los Montenegro.
Y Raúl llamó personalmente a mi padre.