Raúl intentó intervenir.
—Gabriel, podemos solucionar esto entre nosotros.
Mi padre lo miró con un desprecio que hizo callar toda la cocina.
—Eso fue lo que dijiste hace veintidós años.
Víctor frunció el ceño.
—¿De qué está hablando?
Raúl cerró los ojos.
Y entonces entendí por qué siempre había temido tanto a mi padre.
Años atrás, Raúl había sido socio suyo. Había falsificado documentos y desviado dinero, pero mi padre decidió no destruirlo públicamente a cambio de que desapareciera de nuestra vida.
Raúl había cumplido su promesa.
Hasta que yo me casé con su hijo.
Víctor nunca había sabido quién era realmente mi padre porque yo había cortado contacto con él después de una discusión familiar.
Aquella distancia había convencido a los Montenegro de que estaba sola.
Los paramédicos me colocaron cuidadosamente en una camilla.