No porque me avergonzara de ella.
Sino porque sabía cuánto se esforzaba.
No quería que pensara que su trabajo me estaba haciendo daño.
Pero Doris no era ingenua.
Una tarde llegué a casa con la camisa manchada de refresco.
Me preguntó qué había pasado.
—Nada. Un accidente.
Me observó durante varios segundos.
Después dijo:
—Danny, no tienes que protegerme de todo.
Me quedé inmóvil.
Ella se sentó junto a mí.
—Sé que algunos muchachos se burlan de mi trabajo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Abuela…
Me tomó la mano.
—Escúchame bien. Nunca debes avergonzarte de ganar dinero honestamente.
Bajé la mirada.
—No me avergüenzo de ti.
Sonrió.
—Lo sé, mi niño.
Después añadió:
—Pero tampoco quiero que vivas enojado con el mundo por mi culpa.
Aquella noche le prometí que estudiaría mucho.
Que conseguiría una beca.