Y allí permaneció.
Los años siguientes no fueron fáciles.
La universidad exigía mucho.
Hubo exámenes que reprobé.
Noches en las que pensé en abandonar.
Momentos en los que me sentí fuera de lugar entre estudiantes que parecían tener más dinero y mejores oportunidades.
Pero cada vez que estaba a punto de rendirme, recordaba a mi abuela empujando su carrito de limpieza.
Recordaba sus manos cansadas.
Sus rodillas doloridas.
Y la manera en que sonreía cuando yo conseguía algo importante.
Así que seguí adelante.
Cuatro años después me gradué de ingeniería mecánica.
Conseguí trabajo en una empresa de tecnología industrial.
Mi primer sueldo no era enorme.
Pero fue suficiente para hacer algo que había soñado desde niño.
Llevé a mi abuela a una tienda de muebles.
Le pedí que eligiera una cocina nueva.
Doris se quedó mirándome.