Mi abuela intentaba parecer feliz.
Pero algunas veces la encontraba mirando mi habitación con tristeza.
Una noche me senté junto a ella.
—¿Vas a extrañarme?
Doris sonrió.
—Muchísimo.
—Voy a llamarte todos los días.
—No tienes que hacerlo todos los días.
La miré.
—Abuela, voy a llamarte todos los días.
Soltó una carcajada.
—Siempre tan terco.
Le tomé la mano.
—Aprendí de la mejor.
Antes de marcharme, le entregué una fotografía enmarcada.
Era la imagen que habíamos tomado frente al océano.
Doris aparecía con su sombrero de paja.
Yo estaba abrazándola.
Ambos sonreíamos.
En la parte inferior había escrito:
«A la mujer que me enseñó a caminar, para que nunca olvide que cada paso que doy también es suyo».
Mi abuela comenzó a llorar.
Colocó la fotografía sobre la repisa de la sala.
Justo al lado de una imagen de mi madre.