«Estaba revisando las facturas de la fundación, no vuestro matrimonio», le dije.
«Ahora lo sé».
«Pero cuando la acusamos de robar, te quedaste callada».
Mi madre bajó la cabeza.
Reconoció que había pagado una supuesta investigación y que, cuando vio cómo acabó todo, prefirió fingir que no sabía lo que había ocurrido.
No había ordenado falsificar las fotografías, pero sí había financiado al hombre que las falsificó.
Megan escuchó sin interrumpir.
«Perdí mi casa, mi trabajo y mi tranquilidad», dijo finalmente. «Y tú perdiste la oportunidad de impedirlo».
Diane rompió a llorar.
Megan no la abrazó.
Comprendí que pedir perdón no daba derecho a que nadie te consolara.
Contraté a una abogada, Priscilla Dunn, que no tenía ninguna relación con mis empresas, para que realizara una auditoría independiente.
Megan aceptó entregar los documentos que había conservado, pero puso una condición: su colaboración no debía interpretarse como un intento de reconciliación.