—Nunca he dicho semejante cosa.
—Lo sé, mamá.
Aquella respuesta me dejó helada.
Mi propia hija sabía que estaba mintiendo.
Y aun así había permitido que su marido creyera que yo estaba dispuesta a entregarles mi patrimonio.
Linda se levantó de repente.
—¡Basta! No tiene sentido seguir discutiendo. Todos cometimos errores.
La miré.
—Tú no vas a decidir cuándo termina esta conversación.
Linda apretó los labios.
—Robert también tenía responsabilidades con David. Ese dinero debería haber sido suyo.
—El dinero que Robert dejó p ra David está protegido legalmente. Pero mi casa no forma parte de ninguna herencia que puedas reclamar.
Linda señaló a Emily.
—Tu hija también quería ayudarnos. No puedes culparme solamente a mí.
Me volví hacia Emily.
—¿Es cierto?
Mi hija no levantó la cabeza.
—Sí.
Sentí que el silencio de aquella cocina se volvía insoportable.