Me detuve.
Al principio pensé que sería un gato, pero cuando me acerqué unos pasos, distinguí una enorme silueta negra junto a un contenedor.
Era un perro.
Un animal gigantesco, de pelaje negro y ojos de un color gris plateado que parecían casi humanos.
Estaba sentado completamente inmóvil.
No ladraba.
No intentaba acercarse.
Simplemente me observaba.
—Hola, grandullón —murmuré.
El perro inclinó ligeramente la cabeza.
Miré a mi alrededor.
No había nadie.
—¿Estás perdido?
Me acerqué despacio, preparada para retroceder si mostraba alguna señal de agresividad.
Entonces vi que llevaba un collar negro de cuero.
En una pequeña placa metálica estaba grabado un nombre.
ORION.
—Así que te llamas Orion.
El perro se levantó.
Era enorme. Mucho más grande de lo que parecía desde lejos.
Sin embargo, no sentí miedo.
Extendí la mano lentamente.
—Tranquilo. No voy a hacerte daño.