PARTE”2

Una mañana, el veterinario nos dijo que su corazón estaba debilitándose.

Tenía dieciocho años.

Era un perro extraordinario, pero su cuerpo ya estaba cansado.

Desde entonces, pasé cada día a su lado.

Le preparaba su comida favorita, lo llevaba al jardín y dormía algunas noches en el sofá para estar cerca de él.

Una madrugada, mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas, Orion levantó la cabeza y me miró.

Me arrodillé junto a él.

—Estoy aquí, mi querido amigo.

Apoyó su cabeza sobre mis piernas.

Le acaricié el pelo lentamente.

—Gracias por encontrarme.

Su respiración se volvió tranquila.

Y, poco después, cerró los ojos para siempre.

Lloré como no había llorado desde que murió mi madre.

Alexander se sentó a mi lado y me abrazó.

—Esperó diecisiete años para volver a verte —susurró.

Miré al perro que había cambiado mi vida.

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