Comenzó a sonar una melodía suave.
Y entonces recordé.
La noche en que desaparecí, mi padre me había abrazado y me había dicho:
«Pase lo que pase, nunca olvides que esta siempre será tu casa».
Me eché a llorar.
Alexander me abrazó.
—Bienvenida a casa, Isabella.
Orion levantó la cabeza y apoyó suavemente el hocico sobre mi rodilla.
Lo acaricié detrás de las orejas.
—Tú lo sabías, ¿verdad, viejo amigo? —susurré—. Todo este tiempo sabías quién era yo.
El perro cerró los ojos.
Y comprendí que aquel animal nunca me había mentido.
Había estado esperando.
Esperando a la niña que se había perdido.
Esperando a la mujer que regresaría diecisiete años después.
Y aunque yo había olvidado su nombre, su rostro y nuestra historia, él nunca había olvidado mi olor, mi voz ni el calor de mis manos.