Durante veintiséis años había creído que conocía mi historia.
Y ahora descubría que había tenido otra familia.
Un hermano.
Un perro.
Un pasado que alguien había borrado de mi memoria.
Me senté en el suelo y lloré durante horas.
A la mañana siguiente llamé a Alexander.
Contestó al primer tono.
—Olivia.
—Necesito verte.
Hubo un silencio.
—¿Has recordado algo?
—Encontré una carta de mi madre. Creo que… creo que soy Isabella.
Al otro lado de la línea no escuché nada.
Después, una respiración entrecortada.
—Voy a enviarte un coche.
—No. Esta vez iré por mi cuenta.
—Como quieras.
Antes de colgar, escuché su voz.
—Gracias por llamarme, hermana.
Aquella palabra me hizo llorar otra vez.
Cuando llegué a la mansión Moretti, comprendí por qué la gente hablaba de Alexander con tanto miedo.
La propiedad parecía una fortaleza.