Orion levantó la cabeza y comenzó a gemir suavemente.
Después se acercó y apoyó el hocico sobre mis rodillas.
Alexander observó al animal.
—Hay algo más que necesito contarte.
—¿Qué?
—La noche en que mi hermana desapareció, llevaba esa misma pulsera. Y tenía una pequeña marca de nacimiento detrás de la oreja izquierda.
Sentí que se me helaba la sangre.
Instintivamente me llevé la mano detrás de la oreja.
Tenía una marca allí.
Una pequeña mancha oscura con forma de media luna.
Alexander dejó caer lentamente la fotografía sobre la mesa.
Sus ojos se abrieron.
—No puede ser…
Me levanté de golpe.
—Tengo que irme.
—Olivia, espera.
—¡No sé quién eres ni qué quieres de mí!
Alexander no intentó sujetarme.
Simplemente pronunció una frase que me hizo detenerme.
—Mi hermana tenía nueve años cuando desapareció. Si tú eres quien creo que eres… alguien te robó diecisiete años de tu vida.