Por primera vez, vi una pequeña sonrisa en su rostro.
—Entonces tendrás muchas razones para desconfiar de mí.
Finalmente acepté hablar con él, pero exigí que la conversación fuera en un lugar público.
Alexander estuvo de acuerdo.
Fuimos a una cafetería cercana.
Orion se sentó a mis pies y no dejó de mirarme ni un segundo.
Alexander pidió café solo.
Yo pedí un chocolate caliente.
—Quiero saber algo —comenzó—. ¿Has visto antes a Orion?
—No.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Alexander sacó una fotografía de su chaqueta.
Era una imagen antigua, algo desgastada por el tiempo.
En ella aparecía un hombre joven sentado en un jardín, junto a un perro negro que parecía mucho más pequeño.
Y a su lado había una niña de unos nueve años.
Me acerqué para observarla.
La niña tenía el cabello castaño, una pequeña cicatriz junto a la ceja y una pulsera roja en la muñeca.