Víctor estaba sentado en el sofá, mirando su teléfono.
—La cena estará lista en cinco minutos —le dije.
No respondió.
Cuando coloqué la bandeja sobre la mesa, se levantó de golpe y le dio una patada a una de las patas.
La mesa se volcó.
Los platos cayeron al suelo.
La comida quedó esparcida sobre la madera.
Permanecí inmóvil.
Víctor se acercó y señaló mi rostro.
—Llevamos tres días casados y ya empiezas a desafiarme.
—Solo llegué tarde por el tráfico.
—No me interesa la excusa.
Dio otro paso.
—Desde mañana me entregarás tus tarjetas y las contraseñas de tus cuentas. Quiero saber cuánto ganas, cuánto gastas y con quién hablas.
Lo miré sin comprender.
Durante los seis meses de noviazgo jamás había levantado la voz. Siempre se mostraba paciente, respetuoso y considerado.
Ahora sonreía como si por fin pudiera dejar de fingir.