A veces preparábamos cenas juntos.
Nos reíamos.
Recordábamos historias de cuando eran jóvenes y se sentaban alrededor de mi pequeña mesa.
Una tarde, Adrián me preguntó:
—¿Se arrepiente de haber ayudado tanto a otras personas?
Lo miré sorprendida.
—Jamás.
—¿Incluso después de lo que pasó con Marcus?
Sonreí con tristeza.
—Ayudar a alguien no garantiza que te amará. Pero tampoco significa que tu bondad haya sido inútil.
Adrián me tomó la mano.
—Usted nos enseñó eso.
Meses después, recibí una carta de Marcus.
No contenía exigencias.
No pedía dinero.
No me culpaba.
Decía:
“Mamá:
He pasado mucho tiempo pensando en lo que hice.
No tengo excusas.
Te golpeé cuando intentabas proteger tu salud.
Utilicé tu confianza para tomar decisiones financieras que nunca debí tomar.
Y después intenté hacerte sentir culpable por defenderte.
No espero que me perdones.