—Señor… —dijo ella, acercándose lentamente—. Necesito que me diga de dónde obtuvo eso.
Mauricio bajó la mirada hacia el colgante.
Durante años había dormido con aquella pieza contra el pecho.
Nunca la había vendido.
Ni siquiera en los días en que llevaba horas sin comer.
—Lo encontré hace mucho tiempo —respondió.
La mujer se llevó una mano a la boca.
—No.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Ese colgante era de mi hijo.
En menos de un minuto, el pequeño círculo de curiosos se convirtió en una multitud.
Mauricio conocía demasiado bien aquellas miradas.
Desconfianza.
Rechazo.
Sospecha.
Un hombre murmuró que debían llamar a la policía.
Otra mujer preguntó en voz alta si Mauricio lo había robado.
Alguien comenzó a grabar más cerca.
Mauricio no respondió.
Solo apretó la correa del costal que llevaba sobre el hombro.