—Pensé que estaba salvando a la familia.
—Pero me sacrificaste a mí sin preguntarme.
No lo eché de mi casa.
Pero tampoco volví a confiar ciegamente en él.
El verdadero final
Un año después, me encontraba en el jardín de mi nueva casa.
Adam jugaba sobre una manta mientras yo observaba los árboles.
Khalid había cambiado algunas cosas. Había comenzado a acudir a terapia y había aceptado que no podía comprar el perdón de nadie.
Nos tratábamos con respeto, pero ya no vivíamos juntos.
Nuestra relación era complicada, y no fingíamos que un bebé había convertido mágicamente nuestro matrimonio en un cuento de hadas.
Un día, Khalid me preguntó:
—¿Me perdonarás algún día?
Miré a Adam.
Después respondí:
—Quizá. Pero perdonar no significa olvidar, y mucho menos volver a vivir como antes.