Yo estaba junto a la ventana cuando mi madre se acercó.
—Tu padre estaría orgulloso.
La frase dolió.
Pero no como antes.
—Sí.
—Yo también.
La miré.
—Gracias.
—¿Eres feliz?
Pensé.
—Sí.
No tenía marido.
No en ese momento.
Había salido con algunas personas.
Nada serio.
Y por primera vez eso no me parecía una sala de espera.
Tenía cuarenta años.
Una empresa.
Amigos.
Un hermano insoportable.
Una madre con la que aprendía a hablar de nuevo.
Una vida.
—Sí —repetí—. Bastante.
Mi madre sonrió.
—Cuando tenías veinte años yo pensaba que una mujer feliz siempre tendría que estar enamorada de alguien.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que eso fue parte de mi problema.
Nos quedamos mirando la ciudad.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Volverías a elegir a Richard si pudieras regresar?
Pensó mucho.
—No.
—¿Elegirías quedarte con papá?
Otra pausa.