Lo miré.
Eso era interesante.
—¿Cómo?
—Si terminábamos casándonos, entonces no habría “destruido una amistad por una aventura”.
Habría sido “amor verdadero”.
Sentí algo frío.
La misma lógica de mi madre.
—¿Y tú?
—Yo quería demostrar que no había perdido mi matrimonio por algo vacío.
Nos quedamos en silencio.
Daniel sonrió amargamente.
—Así que los dos intentamos convertir una traición en una historia de amor para sentirnos menos miserables.
Por primera vez pensé que quizá había aprendido algo.
—¿Por qué terminó?
—Porque no confiábamos el uno en el otro.
Solté una risa involuntaria.
Daniel también.
—Irónico.
—Mucho.
—¿Ella pensaba que ibas a engañarla?
—Sí.
—¿Y tú?
—Cada vez que hablaba con otro hombre me preguntaba si podía hacerme lo mismo.
—Eso suena agotador.
—Lo era.
Bebió café.
—Al final entendí que habíamos construido todo sobre la peor versión de nosotros mismos.