Nuestras propiedades estaban bastante separadas.
Yo tenía mi empresa y mi apartamento.
Daniel tenía inversiones y acciones de su compañía.
La casa matrimonial estaba a nombre de ambos.
Acordamos venderla.
No teníamos hijos.
No había una guerra patrimonial que librar.
Solo dos firmas.
Dos sellos.
Y una relación terminada.
Cuando salimos, Daniel sostenía el certificado como si no supiera qué era.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Doce años.
Lo miré.
—Doce años y treinta días.
—¿Tan fácil?
Esa palabra sí me molestó.
—¿Fácil?
—Firmaste sin siquiera dudar.
—La duda ocurrió antes.
Daniel frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Cuando abrí la puerta de nuestra casa.
Silencio.
—Los treinta días no fueron para decidir si quería divorciarme.
Me acerqué.
—Fueron para darte tiempo de entender que hablaba en serio.
Camila salió del coche.
—Valeria…
Levanté una mano.
—No.