El número desconocido seguía brillando en la pantalla cuando Patricia, al otro lado de la cámara, todavía tenía el sobre amarillo en la mano. Yo estaba en el asiento trasero del coche de mi padre, a dos calles de mi casa, con las costillas ardiendo y la boca seca. Contesté porque el silencio me daba más miedo que la voz.
—Soy la primera esposa de Randy —repitió, más despacio—. No estoy muerta. Y tu suegra acaba de descubrir que sigo viva.
Mi padre frenó junto a la acera. Patricia, por el teléfono de la cámara, me hizo una seña que no pude interpretar. En la sala, Eden había dejado de retroceder. Randy miraba el certificado como si el papel pudiera morderlo.
—¿Cómo tienes este número? —pregunté.
—Porque hace una hora alguien de la oficina de registros llamó a Eden para “confirmar un fallecimiento” que nunca ocurrió. Ella gritó mi nombre. Una compañera mía escuchó esa llamada y me avisó. Juana, si estás con ellos, sal.