Comimos tarde, con la ventana abierta. Nadie habló de cajas fuertes. Hablamos del lote de Rosa, que seguiría a su nombre, y del cuarto de la abuela, donde madre e hija dormirían esa semana mientras decidían si volver al edificio de las macetas o quedarse cerca una temporada. Las dos eligieron, en voz alta, quedarse unos días. Yo las quería allí. No como escudo. Como gente.
Después de los platos, mi padre salió al pequeño jardín de atrás con la excusa de ver un geranio. Desde allí, entre las hojas, me llamó con una risa que yo no le oía desde antes de la boda.
—Dime dónde estás.
Me asomé a la puerta, con el trapo de secar todavía en la mano y el labio tirante de una sonrisa verdadera.
—En casa, papá.
Marina salió con Rosa. La foto la tomó doña Nélida, que no se había querido ir sin postre. En ella salimos las cuatro y mi padre, apretados, con la llave visible en el gancho detrás de mi hombro y la bolsa de maquillaje cerrada sobre la mesa, ya sin oficio de máscara. Rosa dijo que el plato de Marina por fin se había usado. Marina dijo que el té de esa casa sabía solo a té. Yo apoyé la cabeza, un momento, en el hombro de mi padre, como la niña que corría después de la pesadilla, solo que ya no había pesadilla esperándome en el pasillo.