Chapter 2: EL HOMBRE QUE REGRESÓ PARA PROTEGERME

—Lo grave ya tiene nombre y tiene freno. Lo demás es papelería. Descansa.

Doña Nélida apareció con un ramo modesto del mercado, no de disculpa de esposo. Lo puso en un vaso, junto a la bolsa de maquillaje. Yo abrí la bolsa por primera vez sin prisa. El espejito de tapa dorada seguía entero. Me miré. El labio iba a curar. La mandíbula estaba menos oscura. No me pinté para esconder nada. Me pinté un poco los labios de un tono suave porque Rosa dijo que esa noche habría foto de familia, y porque me dio la gana verme.

Cocinamos. Marina cortaba verduras con una concentración feliz. Rosa probaba la sal y la corregía. Mi padre ponía la mesa con los individuales de la abuela, los de borde azul, que yo había guardado en un cajón durante años porque Randy los llamaba viejos. Saqué también la llave grande y la limpié con un paño. Cuando la colgué del gancho, quedó derecha. La casa hizo ese crujido de madera que yo conocía desde niña, el que antes me asustaba y esa tarde sonó a compañía.

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