Horacio me alcanzó en el pasillo.
—El acceso del proyecto puede redibujarse por otra calle. Tardará más y costará más, y no es su problema. Si algún día quiere vender, será con la oferta sobre la mesa y con usted despierta. Si no quiere, la casa sigue siendo una casa. El barrio no va a odiarla. El barrio va a entrar por otro lado.
—No quiero vender —dije—. Quiero la llave en el gancho.
Él asintió, aliviado de no tener que insistir, y se fue.
Esa tarde volvimos todas a la casa. Marina cruzó el umbral sin pedir permiso para existir. Rosa trajo el álbum. Mi padre trajo pan y café bueno, no el café frío de mis madrugadas de miedo. Patricia se quedó solo una hora, lo bastante para dejar copias y un calendario de citas administrativas que ya no olían a urgencia. Antes de irse me apretó el hombro.