Marina, desde la puerta, porque no quiso entrar hasta que se lo permitieron, reconoció el borde rasgado.
—Es la mía. Lo de abajo no lo escribí yo.
Patricia no leyó el añadido en voz alta para convertirlo en espectáculo. Lo señaló. Se veía la prisa: una aceptación que Marina, en las páginas de doña Nélida, había negado frase por frase. El agente metió la hoja en una bolsa junto con las otras. También salió de la caja la escritura limpia de mi abuela, la de la casa a mi nombre, sin cesión. Y una copia del seguro donde Eden figuraba como beneficiaria de Marina, con fecha anterior a la supuesta muerte. Vera, la empleada, no estaba allí, pero el sello se parecía al de los papeles del banco. Patricia asintió una sola vez. Era suficiente para esa noche. El resto sería de peritos, lejos de mi cocina.