Chapter 2: EL HOMBRE QUE REGRESÓ PARA PROTEGERME

El teléfono de Patricia sonó con un tono distinto. Ella se detuvo entre dos coches.

—Repita —pidió.

Escuchó. Su cara, que había aguantado la mañana entera, se le descompuso un grado.

—Juana, la cuenta fraudulenta no está quieta. Alguien está intentando vaciar el resto ahora mismo, desde una sucursal al otro lado de la ciudad. El banco tiene una alerta porque el nombre no coincide con la persona que está en ventanilla. Hay una mujer con abrigo claro y un poder que dice ser tuyo.

Eden. Tenía que ser Eden. El coche gris no había ido a esconderse. Había ido a terminar el dinero antes de que el certificado de Marina y mi labio partido se sentaran en el mismo expediente.

—¿Pueden pararlo? —preguntó mi padre.

—Pueden retener el movimiento si la titular real lo desautoriza en este minuto —dijo Patricia—. Y si un agente llega a esa sucursal antes de que ella se marche con un comprobante. Juana, no te voy a dictar claves ni caminos. Te voy a pedir una frase, delante de este teléfono, con tu voz: que tú no autorizas esa operación y que quien está en la ventanilla no te representa.

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