Elisa, la doctora, no levantó la voz.
—El parte ya está. Y no lo montó un padre. Lo montó el golpe. Si usted desea una copia, se la pedirá a la abogada y a la autoridad, no a mi paciente.
Patricia puso el teléfono sobre el mostrador del pasillo y dejó sonar un fragmento que yo había grabado sin saber que serviría para tanto. No era una cinta editada para humillar. Era mi voz, pequeña, diciendo “para, me duele”, y la de él ordenándome la versión de la caída. Randy palideció. El ramo se le inclinó.
—Eso está sacado de contexto.
—El contexto es mi cocina —respondí—. Y la bolsa de maquillaje en el suelo.
No seguí. No hacía falta describir cada golpe delante de Rosa, que se había cubierto la boca con la mano. Marina miraba a Randy como se mira a un incendio antiguo que vuelve a oler a humo. Él la reconoció entonces. El ramo tembló de verdad.