—Juana está aquí por su propia voluntad —respondió mi padre—. Y usted acaba de sacar una llave de una maceta que no es suya.
Eden bajó la escalera escoltada, sin esposas todavía, porque el agente dijo que primero declararían Rosa y el portero. Desde el coche gris, que arrancó conducido por un hombre al que yo no conocía, alguien nos observó. No era Randy. Randy, según el mensaje que Patricia recibió en ese momento, había pasado por mi casa otra vez, había encontrado la caja de galletas vacía y se había marchado hacia el hospital del centro preguntando por una paciente golpeada de nombre Juana.
—No estás registrada en ningún hospital —me dijo Patricia—. Pero él cree que sí. Eso nos da una hora. Marina, Rosa, necesitan un sitio que no sea este piso. Juana, tú necesitas que un médico mire esas costillas antes de que decidamos nada más.