Subimos. En el rellano del tercero, Eden estaba de rodillas frente a una maceta volcada, con la mano dentro de la tierra. Al vernos se incorporó despacio, sin vergüenza, como si buscar algo entre las raíces fuera una visita normal. Rosa abrió la puerta en ese instante. Era menuda, de pelo blanco recogido, y llevaba una bata de flores. Al ver a Marina se quedó sin aire. Luego dio un paso, otro, y la abrazó con una fuerza que no parecía caber en sus brazos.
—Me decían que estabas lejos —lloró—. Una vecina. Siempre una vecina. Yo guardaba tu plato.
Eden sonrió con la boca, no con los ojos.
—Qué conmovedor. La hija pródiga. Rosa, esta gente va a llenarte la cabeza. Marina tuvo un episodio. El certificado fue un error de oficina. Si cooperan, lo arreglamos en privado y nadie tiene que pasar una vergüenza.