Durante nuestro matrimonio había encontrado excusas para todo.
Cuando olvidaba mi cumpleaños, decía que estaba ocupado.
Cuando me gritaba por gastar dinero en algo personal, pensaba que estaba estresado.
Cuando comenzó a avergonzarse de mi ropa frente a sus compañeros, me convencí de que solo necesitaba tiempo para adaptarse a su nuevo ambiente.
Pero aquella noche había cruzado un límite.
Y yo finalmente estaba dispuesta a reconocerlo.
Cuarenta minutos después llegó un automóvil negro.
Dos asistentes entraron con varias cajas.
Una estilista preparó mi cabello.
Otra mujer acomodó sobre la cama un vestido largo de seda color esmeralda.
Era una pieza confeccionada en París que había comprado para una ceremonia internacional y nunca había utilizado.
El juego de diamantes permanecía guardado en una caja de seguridad privada.
Cuando lo colocaron sobre la mesa, la habitación se iluminó con pequeños reflejos.